Una característica que presentan algunos vinos amontillados andaluces es el aroma de tabaco negro, a decir verdad, cada clase de vino presenta un aroma de tabaco distinto, como algunos vinos blancos de crianza, que presentan notas de tabaco rubio.
El olor de tabaco siempre aporta a los vinos unos matices aromáticos muy agradables e interesantes, tabaco de pipa, tabaco inglés, negro, rubio, etc. Si un vino de una gran añada ha sido bien criado y proviene de uvas que son distinguidas por olores varietales muy vegetales, cabernet saugvinon y merlot, una de las características que este vino presentará será un increíble perfume de tabaco.
Poco tiene que ver el aroma de un cigarrillo con el aroma a tabaco en un vino, éste último es noble y agradable. Los expertos perfumistas indican que el aroma a tabaco es un aroma exquisito, llegando a utilizarse incluso en la elaboración de algunos perfumes masculinos. Uno de los matices que se pueden apreciar en los vinos dulces o muy evolucionados en su crianza, es el aroma del tabaco rubio o tabaco inglés.
La pregunta sería, sabés cuál es el aroma a tabaco?, para quien no lo conoce, diremos que este olor se desarrolla cuando las hojas de tabaco son sometidas al secado, dejándolas madurar lentamente. Las hojas experimentan una fermentación y fruto de ella aparece el aroma, además, fruto de la oxidación, la nicotina que presenta el tabaco se reduce con lo que el aroma es especialmente característico.
Para todo aquel que se inicia en el mundo de la enología, recomendamos hacer un curso de cata y una introducción en el mundo enológico a través de todos sus sentidos, se aprende muchísimo sobre aspectos del vino que no te hubieras imaginado.
Fuente: osamayor
viernes, 20 de noviembre de 2009
Un poco de Mitología: El Rey Midas
Nos dice la mitología griega que el dios del vino y la alegría, Dionisos, tenía entre su cortejo muchos sátiros, genios de la naturaleza que tenían forma de hombre de la cintura para arriba, pero que tenían patas y cola de macho cabrío. Bebían vino constantemente, y perseguían a la ménades (sacerdotisas de Baco, el dios del vino que, en la celebración de los misterios, daban muestras de gran frenesí) y a las ninfas (hermosas jovenes, diosas de las aguas, los bosques y la selva), para saciar su lujuria, y con quienes tenían sexo de forma insaciable. El más anciano de los sátiros era Sileno. Tenía la nariz chata, ojos de toro y una gran barriga. Cabalgaba sobre un asno, pues en su permanente ebriedad no podía sostenerse por sí mismo.
En una ocasión, después de una gran fiesta, Sileno se extravió y fue encontrado por campesinos, quienes lo capturaron sin reconocerlo y lo llevaron a presencia de Midas, el gran rey de Frigia. Midas había sido iniciado en los misterios dionisíacos, y reconoció inmediatamente a Sileno. Lo liberó de sus cadenas y le rindió grandes honores, tras lo cual lo condujo de regreso al cortejo de Dionisos. El dios agradeció amablemente al rey, y le ofreció concederle un deseo. Midas, quien gustaba de grandes lujos y era avaricioso, pidió entonces que todo lo que tocara se transformara en oro puro. Dionisos aceptó, y Midas muy contento regresó a su palacio. Tal como Dionisos había prometido, todo objeto que el rey tocara se transformaba en el precioso metal.
Las estatuas, las telas, las lanzas y las columnas del palacio no tardaron en convertirse en valiosos objetos. Satisfecho, Midas se acomodó en su trono dorado y ordenó que se le trajera vino. Pero en cuando la bebida tocó sus labios, se transformó en polvo de oro, que el rey tuvo que escupir. Igual pasó con un trozo de pan, que se convirtió en un bloque de oro. La carne y las frutas se transformaban en metal, y muy pronto Midas fue acosado por el hambre y la sed. Ni siquiera sus amigos y su familia osaban ayudarlo, pues temían acercarse y ser convertidos en estatuas de oro.
Dejando un rastro dorado tras de sí, Midas corrió en busca de Dionisos, y le pidió que le retirara el regalo. Dionisos le dijo que debía lavarse las manos y la cara en el río Pactolo. Midas siguió este consejo, y aunque el río se llenó de hojuelas de oro, pronto Midas volvió a la normalidad. Desde ese entonces el oro abunda en las orillas del Pactolo.
Fuente: Fapes
En una ocasión, después de una gran fiesta, Sileno se extravió y fue encontrado por campesinos, quienes lo capturaron sin reconocerlo y lo llevaron a presencia de Midas, el gran rey de Frigia. Midas había sido iniciado en los misterios dionisíacos, y reconoció inmediatamente a Sileno. Lo liberó de sus cadenas y le rindió grandes honores, tras lo cual lo condujo de regreso al cortejo de Dionisos. El dios agradeció amablemente al rey, y le ofreció concederle un deseo. Midas, quien gustaba de grandes lujos y era avaricioso, pidió entonces que todo lo que tocara se transformara en oro puro. Dionisos aceptó, y Midas muy contento regresó a su palacio. Tal como Dionisos había prometido, todo objeto que el rey tocara se transformaba en el precioso metal.
Las estatuas, las telas, las lanzas y las columnas del palacio no tardaron en convertirse en valiosos objetos. Satisfecho, Midas se acomodó en su trono dorado y ordenó que se le trajera vino. Pero en cuando la bebida tocó sus labios, se transformó en polvo de oro, que el rey tuvo que escupir. Igual pasó con un trozo de pan, que se convirtió en un bloque de oro. La carne y las frutas se transformaban en metal, y muy pronto Midas fue acosado por el hambre y la sed. Ni siquiera sus amigos y su familia osaban ayudarlo, pues temían acercarse y ser convertidos en estatuas de oro.
Dejando un rastro dorado tras de sí, Midas corrió en busca de Dionisos, y le pidió que le retirara el regalo. Dionisos le dijo que debía lavarse las manos y la cara en el río Pactolo. Midas siguió este consejo, y aunque el río se llenó de hojuelas de oro, pronto Midas volvió a la normalidad. Desde ese entonces el oro abunda en las orillas del Pactolo.
Fuente: Fapes
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cuentos
Un poco de Mitología: Dionisos y los Piratas, Leyenda Griega
Dionisos o Baco, hijo de Zeus y Sémele, había sido criado por las Horas y las Ninfas lejos del Olimpo, morada de los dioses. Recibió enseñanza de las musas y, amante del vino y la alegría, se declaró protector de las vendimias. Un día adoptó la apariencia de un muchacho y se puso a contemplar la belleza del mar en una playa desierta. En aquel momento acertó a pasar por allí una nave de piratas. Éstos decidieron desembarcar para capturar al jovencito.
-Lo llevaremos a Chipre- dijo el capitán del barco-, y si pertenece a alguna familia rica, conseguiremos un buen rescate.
Dionisos no opuso resistencia. Más bien le agradó el comienzo de aquella aventura. Los marineros lo llevaron a bordo y lo ataron al palo mayor de la nave, con todo cuidado.
Grande fue la sorpresa de los piratas al ver que el prisionero no sólo no oponía resistencia, sino que sonreía continuamente. Pero el asombre de aquella gente llegó al colmo al comprobar que los nudos más retorcidos y apretados eran desatados por Dionisos con suma facilidad. Con ligeros movimientos de los músculos, el joven se liberó, rápidamente, de todas las ligaduras.
Un viejo marinero tomó la palabra y dijo: - Amigos, no desafiemos a los dioses. Este jovencito no es un ser común como nosotros. Debe gozar seguramente de la protección de algún dios, y quizás sea él mismo un dios. Liberémoslo y honrémoslo como se merece.
Una carcajada general recibió el prudente consejo del viejo. El capitán, burlándose de su antiguo camarada de aventuras, respondió: -Lo liberaremos, sí, pero después de recibir un buen rescate por él. ¿No has advertido, viejo tonto, que los nudos con que tú lo ataste se pueden desatar con un poco de habilidad?
Dionisos fue dejado en libertad a bordo, pero no se movió de junto al palo mayor en que se apoyaba. Le divertían las maniobras de los marineros y lo alegraban las canciones que éstos entonaban. La nave se dirigía a velas desplegadas hacia la isla de Chipre. Al anochecer, los marineros se disponían a descansar, cuando vieron con asombro que del palo en que estaba apoyado el prisionero surgía un arroyuelo rojo que tenía un olorcillo encantador. Era vino. Y el asombro de los piratas subió de punto cuando vieron que los palos de la nave, y el cordamen se transformaban en troncos de vides y en retorcidos sarmientos.
El miedo del capitán ante tal prodigio se transformó en terror cuando vio que el indefenso joven se transformó en un soberbio león. El espanto impulsó a los marineros hacia la popa del barco, y uno a uno fueron arrojándose al mar. Al tocar el agua, los piratas se transformaron en delfines, que escoltaron la nave. Ésta seguía navegando gallardamente, pero el dios Dionisos, el dios alegre, conocido también con el nombre de Baco, había desaparecido. Había volado hacia el monte Olimpo, que es la augusta morada de los dioses.
Fuente: Fapes
-Lo llevaremos a Chipre- dijo el capitán del barco-, y si pertenece a alguna familia rica, conseguiremos un buen rescate.
Dionisos no opuso resistencia. Más bien le agradó el comienzo de aquella aventura. Los marineros lo llevaron a bordo y lo ataron al palo mayor de la nave, con todo cuidado.
Grande fue la sorpresa de los piratas al ver que el prisionero no sólo no oponía resistencia, sino que sonreía continuamente. Pero el asombre de aquella gente llegó al colmo al comprobar que los nudos más retorcidos y apretados eran desatados por Dionisos con suma facilidad. Con ligeros movimientos de los músculos, el joven se liberó, rápidamente, de todas las ligaduras.
Un viejo marinero tomó la palabra y dijo: - Amigos, no desafiemos a los dioses. Este jovencito no es un ser común como nosotros. Debe gozar seguramente de la protección de algún dios, y quizás sea él mismo un dios. Liberémoslo y honrémoslo como se merece.
Una carcajada general recibió el prudente consejo del viejo. El capitán, burlándose de su antiguo camarada de aventuras, respondió: -Lo liberaremos, sí, pero después de recibir un buen rescate por él. ¿No has advertido, viejo tonto, que los nudos con que tú lo ataste se pueden desatar con un poco de habilidad?
Dionisos fue dejado en libertad a bordo, pero no se movió de junto al palo mayor en que se apoyaba. Le divertían las maniobras de los marineros y lo alegraban las canciones que éstos entonaban. La nave se dirigía a velas desplegadas hacia la isla de Chipre. Al anochecer, los marineros se disponían a descansar, cuando vieron con asombro que del palo en que estaba apoyado el prisionero surgía un arroyuelo rojo que tenía un olorcillo encantador. Era vino. Y el asombro de los piratas subió de punto cuando vieron que los palos de la nave, y el cordamen se transformaban en troncos de vides y en retorcidos sarmientos.
El miedo del capitán ante tal prodigio se transformó en terror cuando vio que el indefenso joven se transformó en un soberbio león. El espanto impulsó a los marineros hacia la popa del barco, y uno a uno fueron arrojándose al mar. Al tocar el agua, los piratas se transformaron en delfines, que escoltaron la nave. Ésta seguía navegando gallardamente, pero el dios Dionisos, el dios alegre, conocido también con el nombre de Baco, había desaparecido. Había volado hacia el monte Olimpo, que es la augusta morada de los dioses.
Fuente: Fapes
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cuentos
Truchas al vino tinto
Ingredientes:
1 trucha de 1 kg.
2 cebollas
1 diente de ajo
1 vaso de vino tinto
6 anchoas en conserva
agua
aceite virgen extra
sal
Procedimiento:
Limpiar bien la trucha retirándole la cabeza, la espina central y la piel y ponerlas a cocinar durante 10 minutos en una cacerola con agua y una pizca de sal para conseguir un fumet.
Cortar los filetes de la trucha en 4 y salpimentarlos. Picar finamente las cebollas y ponerlas a dorar en una sartén con aceite.
Picar el diente de ajo en láminas e incorporarlo. Cuando esté tomando color, pasar la verdura a una fuente apta para el horno y extenderla. Colocar encima los filetes de trucha, regar con el vino e introducir en el horno (previamente calentado) a unos 200ºC durante 10 minutos.
Servir los filetes en una fuente, pasar la salsa a una sartén. Picar las anchoas, machacarlas en un mortero e incorporarlas a la salsa. Verter un poco del fumet, mezclar bien, darle un hervor y espolvorear con un poco de perejil picado.
Poner la salsa con el pescado, decorar con una rama de perejil y servir con el mismo vino que se usó en la receta.
1 trucha de 1 kg.
2 cebollas
1 diente de ajo
1 vaso de vino tinto
6 anchoas en conserva
agua
aceite virgen extra
sal
Procedimiento:
Limpiar bien la trucha retirándole la cabeza, la espina central y la piel y ponerlas a cocinar durante 10 minutos en una cacerola con agua y una pizca de sal para conseguir un fumet.
Cortar los filetes de la trucha en 4 y salpimentarlos. Picar finamente las cebollas y ponerlas a dorar en una sartén con aceite.
Picar el diente de ajo en láminas e incorporarlo. Cuando esté tomando color, pasar la verdura a una fuente apta para el horno y extenderla. Colocar encima los filetes de trucha, regar con el vino e introducir en el horno (previamente calentado) a unos 200ºC durante 10 minutos.
Servir los filetes en una fuente, pasar la salsa a una sartén. Picar las anchoas, machacarlas en un mortero e incorporarlas a la salsa. Verter un poco del fumet, mezclar bien, darle un hervor y espolvorear con un poco de perejil picado.
Poner la salsa con el pescado, decorar con una rama de perejil y servir con el mismo vino que se usó en la receta.
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Recetas con vino
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